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jueves, 1 de octubre de 2009

ÉRASE UNA VEZ

Cuentan que acumuló tierras y años más que ninguno. Cuentan que su fortuna se la debía al Diablo (que, no hay que olvidarlo, se trata del Dios perdedor). Cuentan, por eso mismo, que al morir el ataúd en el que fue enterrado era solo apariencia. Y por si fuera poco, para mayor certeza, cuentan que sus restos    –o lo que parecía contenerlo- fueron sepultados en una capilla en Mani, donde cada 30 de agosto, con ocasión de las festividades en tributo a Santa Rosa de Lima, sus descendientes lo recuerdan.
Cuentan, en fin, tantas cosas; pero yo solo quiero recordar una tarde de diciembre en que - acaso para tener también algo que contar- decidí dedicarle unas horas de mi desosegada existencia. Pues aunque me habían dicho que fue diputado por Cajatambo, era lo mismo que ignorarlo no poder precisar cuando ni por cuanto tiempo. Peor aun cuando todas las pesquisas que hice no hacían sino aumentar la incertidumbre. Fue así que en mi condición de usuario habitual de la biblioteca del Congreso -además de formar entonces parte de su rancio y exótico engranaje- sentí que era mi deber no concluir aquel año sin tener algo que mostrar y probar.
Para más comodidad, por tratarse de las vísperas de la Navidad; fui,

por fortuna, el único concurrente de esa tarde, sin duda para mí inolvidable, en que después de hurgar por horas entre viejos papeles que componían los tomos de los Diario de los Debates del siglo XIX pude leer, al fin, el nombre del diputado José del Carmen Reyes Gutiérrez en la relación de parlamentarios correspondiente al periodo legislativo 1870-1872. Pero no menos que el hallazgo me sorprendió la insólita certeza de constatar que aquel descubrimiento era algo más que un recurso de la memoria. Supe así entonces que el diputado Reyes había integrado la Comisión de Minería y que, en no pocas ocasiones, había coincidido en apoyar las mismas propuestas junto con el diputado tacneño Modesto Basadre.
Con apenas un puñado de papeles fotocopiados al cruzar aquella tarde solitaria el umbral del Palacio Legislativo tuve el certero alborozo de portar el más estupendo regalo de todos cuanto lucían a mi alrededor los fantasmales transeúntes que veía pasar. Ese regalo que busqué y encontré para llevarlo donde mi abuelo (que llevó el nombre de su abuelo) la noche de aquel año nuevo memorable en que a través de mis voz escuchó mi abuelo su nombre impreso en las páginas de la historia.

Veinte días exactos después, el 20 de enero de 2000, al comenzar un nuevo siglo, José del Carmen Reyes Ballardo, mi abuelo, murió.



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