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martes, 20 de octubre de 2009

AQUELLOS FORNIDOS MONTAÑESES

La vida, apenas si hace falta decirlo, es una coincidencia en el tiempo y en el espacio. Una coincidencia hecha de sentimientos y de memoria colectiva (pues no hay nosotros sin los otros). Donde no es tanto lo que elegimos sino aquello que nos elige lo que establece las determinantes originales y finales de nuestras existencias. A saber, dos de ellas en particular: nuestros padres y la tierra donde nacemos. Así el tiempo convierte en memoria la vida y al espacio que habitamos en querencia inevitable. De manera que todos somos hijos (o hijas) no solo de la realidad biológica del amor de nuestros padres sino, del mismo modo, del lugar que lo hizo posible. Por eso todos reconocemos la tierra en que nacemos, tanto más si es además la tierra a la que nos debemos, con igual gratitud que a la mujer y al hombre cuyos apellidos (y tantas cosas más) llevamos.
En mi caso, me tocó nacer en Cajatambo; a tres mil metros de altura y al pié de una cordillera, el Huacshash, que por desgracia -según oigo repetir-  a consecuencia de la erosión paulatina de su albura esplendorosa, es cada vez menos lo que fue. Con todo, desde entonces, aun cuando con apenas unos meses fui llevado a Huacho en brazos de mi madre, todo cuanto tenga que ver con Cajatambo puebla mi memoria y también -si es el órgano correcto para esos menesteres- mi corazón. Asimismo, demás está decir que amo por igual la fría desolación de las cordilleras y la inconmensurable monotonía del mar. Ni que decir, también, que nada colma mis nostalgias más que el sabor de un mate de pari cajatambino o un plato de ceviche de pato huachano.
Por cierto, en la sucesión de años que me han conducido hacia estas páginas hay muchas otras que forman parte del museo imaginario de mi memoria. Hallazgos inesperados que juzgo dignos compartir con quienes detengan su mirada ante estas palabras; mejor aun si se trata de quienes comparten conmigo los íntimos apegos de la sangre hacia el mismo suelo raigal. En principio, lo primero que visita mi mente es la sorpresa inolvidable que me procuró la lectura de "La tía Julia y el escribidor", al descubrir a un cura que venía de Cajatambo entre sus páginas. Saber que Vargas Llosa -el escritor más universal de mi patria- hacía mención de la tierra donde nací para recorrer otros confines, y otras lenguas del mundo, me pareció una coincidencia apoteósica aun cuando se tratara solo de una simple referencia episódica, lo que en verdad era; pero tenía quince años y era maravilloso no saberlo.
Algo semejante me sucedió años después al leer un raro libro que compre en una feria en Lima; encontrarlo fue una verdadera novedad, pues desconocía a su autor, pero su título me convenció: "El capitalismo agrario en el Perú". No me equivoqué; al recorrer sus páginas comprobé que Jean Piel, su autor, había escrito uno de los estudios más completos de la historia agraria de nuestro país. Pero mi regocijo se salió de las páginas cuando me detuve ante una precisa mención, nada menos, que de Astobamba: la comunidad campesina donde vine al mundo y que desde entonces, aun a la distancia, ha sido y será siempre (en el breve siempre de toda vida) la morada de mis sueños.
No menos grato fue, igualmente, aunque muy de paso, dar en la librería El Virrey -que es sin duda, por la forma de exhibir los textos y por la atmósfera que prodiga, la mejor de Lima- con un impresionante bodoque, impresionante por su volumen y por su título: "Procesos y visitas de idolatrías. Cajatambo, siglo XVII", de Pierre Duviols. De modo que, al verlo, me sentí aludido y de inmediato me dediqué a revisarlo, entre intrigado y entretenido. Constaté entonces que se trataba de una compilación, rigurosa y profusa, de documentos coloniales redactados por religiosos cristianos; convertidos en guardianes y a la vez en peregrinos, encargados de promover y custodiar la conversión de mis remotos paisanos.

De todos, sin embargo, el documento  más importante, que hace referencia a Cajatambo, es, sin duda alguna, el Reglamento Provisional de Huaura, expedido el 12 de febrero de 1821 por el Gral. San Martín, que dispone, entre otras medidas, el nacimiento de los primeros departamentos del Perú. Pues allí se reconoce y da origen, como parte del desaparecido departamento de Huaylas, al partido de Cajatambo.
Pero al margén de su trascendencia histórica, la mención más conmovedora y más sorprendente, y por eso mismo más memorable, de cuanto mis ojos peregrinos pueden holgarse, son las palabras escritas por James Paroissien - médico y edecán del Libertador- que en su diario de campaña, el 27 de diciembre de 1820, desde el cuartel general de Huaura, anota:
“De Cajatambo de 120 voluntarios solo llegaron 56, porque el resto no pudo venir por falta de mulas. Sin asesoramiento militar esta gente había aprendido a ejecutar ciertos movimientos a su manera, al compás del sonido del tambor. Era un espectáculo muy curioso, pero la figura que más destacaba era la del tamborilero. Tendría más de 50 años y más altura que sus compañeros. Se amarraba el tambor al cuello con una tira roja y su aire de suficiencia parecía decir: ‘¿No soy un tipo listo?’. El abanderado era otro singular y su bandera de seda roja llevaba pintada una virgen. Delante de ella aparecían jugando varias figuras (querubines quizá). El General San Martín les dirigió la palabra en español y su Capitán les iba traduciendo al quechua, ya que solo unos pocos entienden la lengua castellana; de todos modos son fornidos montañeses, y me atrevo a decir, serán buenos soldados”.

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