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martes, 20 de octubre de 2009





FASCICULO VIRTUAL DE HISTORIA REGIONAL

DEDICATORIA

A Walter Quinteros,
In memoriam

“Soledad tengo de ti, tierra mía do nací”, escribió un anónimo poeta medieval cuando el español (que es, ahora, tan nuestro como español) era todavía un idioma incipiente. Pero, desde entonces, mejor que en ninguna, en estos remotos versos (de autor desconocido) perdura la sensación de íntima orfandad y soledad (por todos, o casi todos, conocida) con que nos cobra la vida sus codiciados y lejanos prodigios. De manera que, con absoluto rigor, por breve que sea, retornar acaso más que volver será siempre una forma de agradecer. Una celebración de la vida; pero, sobre todo, de gratitud al pueblo que nos dió la vida. Fraternidad insobornable que se vuelve fiesta, canto y encanto.
Por eso, al reunir los textos aquí compilados -que los años y la nostalgia han hecho posibles- no tengo otro pensamiento que deplorar la ausencia definitiva del amigo y discípulo de José María Arguedas; del maestro cosmopolita, cuya trayectoria abarcó aulas de universidades en el Perú y otras partes del mundo; pero asimismo, finalmente, no tengo otro pensamiento que no sea sino de admiración ante el gesto final del hombre que decidió volver a Cajatambo, para nunca jamás ausentarse. Ni de su tierra ni de la memoria. 


http://espaciolo.blogspot.com/2009/03/in-memoriam-walter-quinteros_05.html
http://www.flickr.com/photos/wilakoj/sets/72157629477873273/show/

 

HERENCIA Y CONTINUIDAD

Aunque su historia se remonta al confín de los tiempos; Cajatambo pertenece al puñado de pueblos que nacieron con la República. Pues antes, durante el legendario Tahuantinsuyo -con el nombre de Cashatampu- le había correspondido ser parte de la región imperial Chinchay Suyo; y en la época virreynal, formó parte de la intendencia de Tarma. Pero al expedirse el Reglamento Provisional de Huaura (12/2/1821), con el que se inicia la gestión administrativa y política del Gobierno Independiente dirigido por el Gral. San Martín, aparecen también los primeros cuatro departamentos del Perú: Trujillo, Tarma, La Costa y Huaylas. Surge así, entonces, el departamento de Huaylas conformado por los partidos -se llamarían provincias a partir de la Constitución de 1823- de Huaylas, Huamalies, Conchudos, Huánuco y Cajatambo.
Pero no por mucho tiempo; pues, aquel mismo congreso constituyente determina, a partir de 4 de noviembre en 1823, la fusión de Tarma con Huaylas que da origen al departamento de Huánuco; cuya extensión abarca -además de Huánuco- a Tarma, Cajatambo, Huaylas, Conchudos y Huamalíes. En 1825, finalizada la guerra, el departamento de Huánuco recibe -en tributo al épico triunfo en la pampa de Chacamarca- el nombre de Junín. Pero diez años después, en 1835, durante el breve -y trágico- gobierno de Felipe Santiago Salaverry el departamento de Junín es vuelto a dividir para dar paso al de Huaylas con la unión de las provincias de Huaylas, Cajatambo, Conchudos y Santa; mientras Junín, se reduce a Jauja, Pasco, Huánuco y Huamalies. Pero en poco tiempo, exactamente el 10 de octubre de 1836, Cajatambo es incorporado al departamento de Junín, por decreto firmado por el presidente de la Confederación Peruano Boliviana, general Andrés de Santa Cruz.
Derrotada la Confederación en 1839, con el propósito de perpetuar el nada glorioso nombre del lugar donde soldados   peruanos y chilenos derrotaron a soldados peruanos y bolivianos, Agustín Gamarra -el caudillo vencedor- decreta el reemplazo del nombre del departamento de Huaylas por el de Ancash. Asimismo, el 21 de noviembre de ese mismo año, en premio a su adhesión, Chiquián se convierte en capital de la provincia de Cajatambo (con el título de Villa Incontrastable).
Habrán de transcurrir diez años para que, por fin, se restabezca la sensatez: el 7 de septiembre de 1849, por ubicarse al centro del territorio provincial, y haber ostentado el rango, el gobierno del mariscal Castilla resuelva restituir a Cajatambo su condición primigenia de capital. Pero pronto, otra vez, el 31 de noviembre de 1851, por ley del congreso, Cajatambo retorna a la jurisdicción de Ancash. Para entonces, según una Guía de Forasteros de 1934, la provincia de Cajatambo se compone de los siguientes pueblos: Ambar, Chiquián, Churín, Mangas y Ocros; por su parte, la ley de creación de municipalidades de 1857 reconoce a los distritos de Cajatambo, Mangas, Pacllón, Copa, Chiquián, Aquía y Cajacay; y a su vez, la ley electoral de 1893, precisa los 19 distritos que forman parte de su vasto territorio provincial: Gorgor, Ambar, Caujul, Andajes, Oyón, Mangas, Pacllón, Chiquián, Aquía, Huasta, Cajacay, Huayllacayan, Tícllos, Ocros, Acos, Cochas, Huancapón , Cochamarca y Cajatambo.
Sin embargo, apenas una década más tarde, un 22 de octubre de 1903, comienza el proceso inverso de la historia política y jurisdiccional de la provincia de Cajatambo, al crearse -en homenaje al héroe de Arica- la provincia de Bolognesí. Así pasan a formar la nueva provincia: Chiquián, Aquía, Huasta, Pacllón, Tìcllos, Mangas, Acos, Ocros, Cochas, Huayllacayán y Cajacay; mientras Cajatambo queda limitada al ámbito conformado por Oyón (que en 1875 cambió de nombre en reemplazo al de Churín), Pachangara, Cochamarca, Ambar, Caujul, Andajes, Huancapón, Gorgor y Copa (que surge del reparto de Mangas al unir Huayllapa, Poquían y Copa).
Enseguida, a poco de concluir la primera década del siglo xx, el 11 de octubre de 1909, por ley No 1115, la capital provincial es elevada a la categoría de ciudad. Pero siete años después, el 10 de noviembre de 1916, por ley No 2335, se dispone, una vez más, la última mudanza de la provincia de Cajatambo. El escueto texto de la norma solo dice: “La Provincia de Cajatambo pertenecerá en lo administrativo, político y judicial al Departamento de Lima”. Es decir, nada dice de lo que -según el historiador Nelson Manrique- fue la causa verdadera de la separación: la necesidad de la familia Prado de contar con un diputado por Lima. En fin, cualesquiera hayan sido los motivos, pertenecer a la jurisdicción de la capital de la República no libró a Cajatambo de perder en 1935, por ley No 8003, al distrito de Ambar   -luego de la construcción de la carretera que vínculo Huacho con ese distrito- en beneficio de la provincia de Chancay.
Finalmente, una vez más, se consuma la última extirpación: a consecuencia de la construcción de la red de trochas carrozables y al afianzamiento de la actividad minera, en 1985, por ley No24330, surge -igual que Eva de las costillas de Adán- la provincia de Oyón, con la agrupación de seis distritos pertenecientes a la cuenca del río Churín: Pachangara, Naván, Caujul, Cochamarca, Andajes y Oyón.
Es esta pues la serena evocación de la historia de la provincia de Cajatambo. La longeva provincia, que nació junto con la República, y que a partir de 1985, quedó reducida al ámbito de cinco distritos (Cajatambo, Gorgor, Copa, Huancapón y Manás) para preservar desde entonces más que un espacio una herencia y un destino común; un legado imprescriptible y al mismo tiempo incuestionable; pues, de ninguna manera, decir que Cajatambo no sea ya una provincia grande quiere decir que haya perdido su grandeza.
Y es que la grandeza de los pueblos hay que buscarla no en la extensión de sus territorios sino en su historia y en su cultura (en esas cosas tan evanescentes y perdurables que guardan el sabor de sus comidas, la gracia de sus danzas y el encanto de sus ritmos; además de otras…cosas). De modo que, con certeza, el verdadero patrimonio de un pueblo hay que buscarlo en la mente y el corazón de su gente. Pero, sobre todo, en la convicción de sentirse hijos de una herencia auroral que ninguna cifra ni ninguna ley podrá modificar.
http://www.bibliojuridica.org/libros/5/2205/6.pdf
http://www.congreso.gob.pe/ntley/Imagenes/Leyes/01115.pdf

AQUELLOS FORNIDOS MONTAÑESES

La vida, apenas si hace falta decirlo, es una coincidencia en el tiempo y en el espacio. Una coincidencia hecha de sentimientos y de memoria colectiva (pues no hay nosotros sin los otros). Donde no es tanto lo que elegimos sino aquello que nos elige lo que establece las determinantes originales y finales de nuestras existencias. A saber, dos de ellas en particular: nuestros padres y la tierra donde nacemos. Así el tiempo convierte en memoria la vida y al espacio que habitamos en querencia inevitable. De manera que todos somos hijos (o hijas) no solo de la realidad biológica del amor de nuestros padres sino, del mismo modo, del lugar que lo hizo posible. Por eso todos reconocemos la tierra en que nacemos, tanto más si es además la tierra a la que nos debemos, con igual gratitud que a la mujer y al hombre cuyos apellidos (y tantas cosas más) llevamos.
En mi caso, me tocó nacer en Cajatambo; a tres mil metros de altura y al pié de una cordillera, el Huacshash, que por desgracia -según oigo repetir-  a consecuencia de la erosión paulatina de su albura esplendorosa, es cada vez menos lo que fue. Con todo, desde entonces, aun cuando con apenas unos meses fui llevado a Huacho en brazos de mi madre, todo cuanto tenga que ver con Cajatambo puebla mi memoria y también -si es el órgano correcto para esos menesteres- mi corazón. Asimismo, demás está decir que amo por igual la fría desolación de las cordilleras y la inconmensurable monotonía del mar. Ni que decir, también, que nada colma mis nostalgias más que el sabor de un mate de pari cajatambino o un plato de ceviche de pato huachano.
Por cierto, en la sucesión de años que me han conducido hacia estas páginas hay muchas otras que forman parte del museo imaginario de mi memoria. Hallazgos inesperados que juzgo dignos compartir con quienes detengan su mirada ante estas palabras; mejor aun si se trata de quienes comparten conmigo los íntimos apegos de la sangre hacia el mismo suelo raigal. En principio, lo primero que visita mi mente es la sorpresa inolvidable que me procuró la lectura de "La tía Julia y el escribidor", al descubrir a un cura que venía de Cajatambo entre sus páginas. Saber que Vargas Llosa -el escritor más universal de mi patria- hacía mención de la tierra donde nací para recorrer otros confines, y otras lenguas del mundo, me pareció una coincidencia apoteósica aun cuando se tratara solo de una simple referencia episódica, lo que en verdad era; pero tenía quince años y era maravilloso no saberlo.
Algo semejante me sucedió años después al leer un raro libro que compre en una feria en Lima; encontrarlo fue una verdadera novedad, pues desconocía a su autor, pero su título me convenció: "El capitalismo agrario en el Perú". No me equivoqué; al recorrer sus páginas comprobé que Jean Piel, su autor, había escrito uno de los estudios más completos de la historia agraria de nuestro país. Pero mi regocijo se salió de las páginas cuando me detuve ante una precisa mención, nada menos, que de Astobamba: la comunidad campesina donde vine al mundo y que desde entonces, aun a la distancia, ha sido y será siempre (en el breve siempre de toda vida) la morada de mis sueños.
No menos grato fue, igualmente, aunque muy de paso, dar en la librería El Virrey -que es sin duda, por la forma de exhibir los textos y por la atmósfera que prodiga, la mejor de Lima- con un impresionante bodoque, impresionante por su volumen y por su título: "Procesos y visitas de idolatrías. Cajatambo, siglo XVII", de Pierre Duviols. De modo que, al verlo, me sentí aludido y de inmediato me dediqué a revisarlo, entre intrigado y entretenido. Constaté entonces que se trataba de una compilación, rigurosa y profusa, de documentos coloniales redactados por religiosos cristianos; convertidos en guardianes y a la vez en peregrinos, encargados de promover y custodiar la conversión de mis remotos paisanos.

De todos, sin embargo, el documento  más importante, que hace referencia a Cajatambo, es, sin duda alguna, el Reglamento Provisional de Huaura, expedido el 12 de febrero de 1821 por el Gral. San Martín, que dispone, entre otras medidas, el nacimiento de los primeros departamentos del Perú. Pues allí se reconoce y da origen, como parte del desaparecido departamento de Huaylas, al partido de Cajatambo.
Pero al margén de su trascendencia histórica, la mención más conmovedora y más sorprendente, y por eso mismo más memorable, de cuanto mis ojos peregrinos pueden holgarse, son las palabras escritas por James Paroissien - médico y edecán del Libertador- que en su diario de campaña, el 27 de diciembre de 1820, desde el cuartel general de Huaura, anota:
“De Cajatambo de 120 voluntarios solo llegaron 56, porque el resto no pudo venir por falta de mulas. Sin asesoramiento militar esta gente había aprendido a ejecutar ciertos movimientos a su manera, al compás del sonido del tambor. Era un espectáculo muy curioso, pero la figura que más destacaba era la del tamborilero. Tendría más de 50 años y más altura que sus compañeros. Se amarraba el tambor al cuello con una tira roja y su aire de suficiencia parecía decir: ‘¿No soy un tipo listo?’. El abanderado era otro singular y su bandera de seda roja llevaba pintada una virgen. Delante de ella aparecían jugando varias figuras (querubines quizá). El General San Martín les dirigió la palabra en español y su Capitán les iba traduciendo al quechua, ya que solo unos pocos entienden la lengua castellana; de todos modos son fornidos montañeses, y me atrevo a decir, serán buenos soldados”.

ESE AYER QUE ES TODAVÍA

El último día agosto de 1882, en pleno fragor de la guerra con Chile, el general Miguel Iglesias, persuadido por un acto de sensatez que se mezcla con la traición, luego de ordenar la dispersión y disolución del ejército a su mando, hizo público en Cajamarca un insólito manifiesto en el que propuso “ceder ese pedazo de terreno” que; a la postre, condujo a la entrega de Arica y Tarapacá; es decir, a la firma del Tratado de Ancón.
Entonces, otra vez, lejos de aceptar los hechos consumados, al igual que en las gloriosas jornadas de la lucha por la Independencia, desde la misma plaza de la que partieron los 56 reclutas, que fueron recibidos por el general San Martín en 1820, el 17 de octubre de 1882, se alzaron la voces enérgicas y vibrantes de quienes, desde aquella villa ganadera de calles empedradas y construcciones con techos de ichu, tuvieron la audacia y lucidez para oponerse a aquel “inaudito atentado contra la soberanía, la Constitución y la unidad nacional” que proponía el manifiesto de marras; enarbolado por un militar que prefirió negociar en lugar de pelear.
Por eso, el acta del Cabildo de Cajatambo, rechaza y condena la actitud separatista del caudillo cajamarquino que busca rendirse para imponerse, que juzga preferible entenderse con los invasores y necesario burlarse del Taita Cáceres y su ejército de desharrapados campesinos que fatigan sin tregua inhóspitos breñales.Por Cáceres y su coraje indomable y en defensa de la integridad nacional aquel 17 de octubre registran, en la história y en la memoria, sus firmas: Manuel T Gonzales, Paulino Fuentes Castro, Romualdo Barreto, Manuel R. Hijar, Pedro P. Quinteros, Agustín Novoa y José del Carmen Reyes Gutiérrez.
Y por eso mismo también, el 27 de mayo de 1883, desde las épicas alturas de Cerro de Pasco; en su marcha sin tregua hacia La Libertad, el valeroso maestro sanmarquino Pedro Manuel Rodríguez, secretario del ejército de La Breña, consigna en su diario esta esclarecedora referencia sobre la comunicación que remite aquel día el general Cáceres, el lider de la resistencia, a los patriotas que no se rinden ni se venden:"No hubo novedad, se recibieron comunicaciones de don Jesús Elías, jefe superior del norte, anunciando la expedición chilena a Huamachuco. Se mandaron dos expresos, Collagos y Bao, con comunicación para Elías y Recavarren para que éste regrese y se sitúe en Pallasca; se avisó a Mujica, don Elías, prefecto de Lima y a Reyes, don José del Carmen, subprefecto de Cajatambo, la marcha del ejército".
De igual modo, en la villa de Ocros -que forma parte, por entonces, de la jurisdicción de Cajatambo- días después, el 29 de octubre, se lleva a cabo una solemne asamblea que preside el párroco Matías Velásquez y acuerda condenar “el horrendo delito de rebelión contra la patria” perpetrado por aquel general que había lastimado la autonomía nacional e integridad territorial de la República, menoscabando su soberanía con procedimientos punibles.

jueves, 1 de octubre de 2009

HISTORIAS DE CAMINOS


En 1984, con ocasión de las fiestas patronales, al cumplir los veintidos años, decidí volver a Cajatambo. Pero -a diferencia de cientos de mis paisanos- en lugar de comprar un pasaje decidí alistar mi caballo. Durante dos jornadas (entre doce y ocho horas) cabalgué hasta llegar. Venia desde Lascamayo, el fundo que nos legaron mis abuelos en el distrito de Ambar. Al atardecer del segundo día, poseído de una emoción tan intensa -solo comparable al furor melancólico del sol cuando depone su fulgor- me detuve a contemplar los techos de calamina y las estrechas callecitas del pueblo donde nací. Entonces comprendí que mi viaje, más que un regreso, era un homenaje al pasado. Un reencuentro con mis antepasados, al mismo tiempo que un inolvidable privilegio de la vista, en la vasta desolación de las alturas. (Pues siempre me acompaño la certeza de que aquel solitario peregrinaje que emprendí a los veinte años desde Ambar hasta Cajatambo era más que la reiteración de la ruta de extintos viajeros).
Veinticuatro años después, en el 2008, retorné sobre mis pasos
para recorrer aquel viejo camino de piedras legendarias y mi primera impresión fue de indudable  sorpresa y gratitud. Sorpresa por encontrar intacto el sendero guardado en mi memoria y gratitud por haber sido el muchacho a quien debo este recuerdo. Pues, aun con veinte kilos más (y demás) al cruzar las lagunas de Jurorcocha, y en especial, al ascender a la cima del Abra Huamán (que quiere decir: Morada de los Cóndores) y coronar la más hermosa vista del horizonte de montañas que forman la Cordillera Huayhuash, era evidente que había alcanzado la altura más elevada del camino, y al mismo tiempo, de mi nostalgia. Sin embargo, aun cuando en ningún momento me propuse no regresar, tampoco consideré necesario hacerlo.
En todo caso, me pareció suficiente recompensa saber que
aquel secreto y memorable viaje sería siempre uno de los aciertos más preciados de mi remota juventud. Pese a todo, me indujo el deber a volver. El deber de compartir lo que un día miré y admiré. De manera que cuando Oyvind Wesseltoft (un noruego que acostumbra con orgullo aclarar: “No soy gringo. Yo soy vikingo”) me comunicó su decisión de inaugurar una nueva ruta para Coex Amazón -la empresa de turismo vivencial: http://coexamazon.com/- que uniría Caral con Kotosh; es decir, dos regiones (Lima y Huanuco) y cuatro provincias (Huaura, Cajatambo, Lauricocha y Huanuco) a través de apartadas trochas carrozables y olvidados caminos de herradura, tuve la certidumbre absoluta de saber, al fin, que no era solo un audaz aventurero nórdico quien me llamaba sino el destino.
Pero a la luz de las estrellas -cuando todavía las estrellas
iluminaban el pueblo en donde nací- la misma noche de mi llegada al escuchar la primera canción en la calles de Cajatambo encontré la respuesta a mi regreso: "Que culpa tengo yo/ de ser cholo cajatambino./Todos dirán ya se fue;/ nadie me recordara/ pero yo he de volver/ a mi santa tierra”. Habituados a entonarla todos en el grupo bailaban y cantaban esa conocida y repetida canción. Solo yo, con la complicidad de las estrellas, era el único solitario peregrino que tenía sobrados motivos, por igual, para llorar al mismo tiempo que también para bailar.

EXPEDICIÓN CARAL-KOTOSH


Un viaje no se cuenta sino con imágenes. Más aun si se trata de una
expedición. Una expedición motorizada y ecuestre, y también a pié, para cubrir la distancia existente entre la provincia de Huaura y la ciudad de Huanuco. Un recorrido que fue una necesidad por siglos y que ahora es un lujo. Un lujo de viajeros europeos (al menos por lo pronto). Todo eso y mucho más es -y seguirá siendo en adelante- cubrir la ruta que va de Caral hacia Kotosh.

Promovida por la empresa peruano-noruega Coex Amazon, entre el 17 de noviembre y el 1 de diciembre del 2008, se realizó la primera expedición que recorrió durante un par de semanas la ruta por donde
se expandió la civilización andina. Fue un recorrido que abarcó la Ciudad Sagrada de Caral hasta el Templo de las Manos Cruzadas. Pero, sobre todo, en el interregno, fue un encuentro y a la vez un descubrimiento de las muchas formas del pasado del que está hecho el presente y la historia; es decir, la vida.
Una pareja de esposos noruegos, Gudbrand y Kjersti, hicieron

posible este encuentro y este descubrimiento. Pues, fueron ellos quienes tomaron la decisión de regalarse así mismos uno de los viajes más memorables que cualquier peruano debiera emprender. Fue así como a través de Oyvind Wesseltoft, fundador de Coex Amazon -la única empresa que promueve las rutas del Perú en la península escandinava- luego de leer una crónica publicada en Oslo, solicitaron ser los forjadores de una ruta de estreno. Así, luego de meses en consultas y viajes de coordinación, quedó expedita la ruta que busca retomar los olvidados caminos de nuestros orígenes.
Para hacerlo realidad, siempre con la presencia constante de Oyvind,
se conformó tres equipos (para recorrer, en la practica, las tres
regiones clásicas del territorio peruano). A mí me correspondió conducir la primera etapa, de Huacho hasta Cajatambo, entre los días 17 al 21 de noviembre. Por su parte, la segunda etapa; el recorrido de la Cordillera Huayhuash, estuvo a cargo de un grupo experimentado de guías y alpinistas de Cajatambo y de Ancash, entre el 23 al 30. Finalmente, la tercera
etapa, estuvo a cargo de Ethel Alvarado Fuentes Rivera, que condujo a los expedicionarios desde el distrito de Queropalca (Huanuco) hasta la morada de nuestros más remotos antecesores en ocupar el territorio peruano: las Cuevas de Lauricocha.
Enseguida, 
después de algunas horas, al caer la tarde, el grupo hizo su ingreso triunfal a la ciudad de Jesús, entre sorprendentes muestras de júbilo y aclamación por parte de los pobladores. Hasta concluir, el primer día de diciembre, con el ingreso de los expedicionarios noruegos y sus acompañantes, al Templo de las Manos Cruzadas; del mismo modo que lo hicieron, hace por lo menos cuatro mil años, los primeros expedicionarios venidos de los lejanos llanos litorales.

AUSENCIAS Y REMINICENCIAS



Sentado en el atrio de la iglesia, inmóvil, cautivo y melancólico, Isidro llora. Llora sin lágrimas. En silencio, para sus adentros.
Lo saludo. Sobresaltado, me reconoce, y desde su recóndito pesar, me cuenta que en la mañana despidió a su hija y a sus nietos, y que otra vez solos, su mujer y él, enrumbaran, dentro de unas horas, quebrada abajo con destino a la casa donde criaron los hijos.
De pronto, su voz se quiebra, y ahora sí, llora de verdad. Un secreto caudal inunda la cuenca de sus ojos, y desciende por sus mejillas. Conmovido, estrecho su mano y me despido: pues tengo la certeza que sus lágrimas se harán palabras en las mías. 

Cada año, la última semana del mes de julio, la población de Cajatambo (345 Km. al noreste de Lima) se duplica. Cientos de personas se trasladan a diario vía la Panamericana Norte hasta Pativilca (204km) para iniciar el progresivo ascenso que los llevará hasta los tres mil metros en que se asienta esta antigua provincia limeña. En el trayecto se halla la Central Hidroeléctrica de Cahua, y más allá -a poco menos de una hora- el primer impacto sobrecogedor de la ruta: un par de imponentes paredes verticales de roca. El Cañon de Waguaypunquio,ó,simplemente, Cañon. Por donde, oculta en la pétrea sombra de los abismos, entre dos cerros que casi se tocan; sinuosa y ondulante, discurre la carretera que, desde 1966, hace posible el incesante ir y venir de generaciones.
Otro tramo ineludible del recorrido lo conforma el cruce de Tumac, donde al mismo tiempo que la carretera se bifurca hacia otros pueblos, sube, zigzagueante, desde el fondo de la quebrada hasta casi coronar la cima de los cerros para enfilar, vencida la última curva (no sin antes detenerse ante un cálido ojo de agua convertido en baños termales y abastecerse de frutas en el poblado de Llocchi) directo hasta Cajatambo. Entonces es cuando acontece la sensación más memorable del viaje que emerge de la presencia de una alta y solitaria montaña de nieve que se yergue majestuosa. Y es que la visión del Huacshash resulta siempre inolvidable, en cualquier circunstancia, aunque se la mire muy de paso. Pero ni que decir, si la luz dorada del atardecer o el platinado fulgor de la luna acuden a la cita.
Cada año -entre el 24 de julio al 2 de agosto- los íntimos apegos de la sangre hacia el suelo ancestral dan curso a esta constante peregrinación jubilosa que colma calles y casas (la mayor parte del año desoladas y silenciosas) en las que personas que no se verán el resto del año, y hasta acaso nunca más, fraternizan con denuedo. Pero la emoción que realmente estremece y transporte acontece, con la más sutil naturalidad, cuando el canto quechua de las pallas se adueña de las tardes y de los pies de los visitantes. Basta apenas portar una botella inspiradora con que brindar para saberlo y descubrir en un instante la embriaguez palpitante de los tiempos.
Durante once días, en que se prolongan las celebraciones, se desarrollan, paralelas, dos vertientes festivas. Por un lado, están las comunidades campesinas con sus coreografías de incas y pallas, y por el otro, el lado hispanoandino que, al compás de las bandas de viento, tienen como protagonistas principales al Capitán de la Tarde, oferentes de las corridas de toros de los días 30 y 31 del mes patrio. Hasta que el 2 de agosto María de Magdala en Cajatambo sale a la puerta de su templo, rodeada de sus incas y pallas, para despedir a su fieles hijos que, en los próximos días, emprenderán camino hacia sus parcelas o estancias, o rumbo hacia las ciudades de donde llegaron.
A un promedio de ocho horas de ocho horas de viaje, Cajatambo ofrece la oportunidad de disfrutar de algunos días de sol radiante y cielo azul, amenizados con paseos a caballo por las ruinas de Tambomarca, y visitas a los baños termales de Macanacota, Shucsha o Guñoj, además de proveerse de algunas imperdibles pociones de manjarblanco o quesos de estupenda calidad. Pues, no por algo, se trata de la provincia ganadera de la Región Lima.
Cómodos y confortables alojamientos esperan a los visitantes. Para quienes viajan con movilidad propia, es recomendable tomar de regreso la vía auxiliar que conduce al balneario de Churin. Esta carretera, perfectamente transitable, cruza un impresionante paisaje de cumbres, lagunas y planicies.
En estos tiempos de expansión del movimiento turístico, esta provincia ofrece el atractivo de descubrir un nuevo espacio de recreación y conocimiento, en el que a la par de los servicios de comunicación, esperan al visitante un viento, un tiempo y una quietud inolvidables.

CHARCO DE ESTRELLAS



A Keyla y Pedro

Las estrellas, la noche y el río.

Ocho de la noche.

Martes, 10 de enero de 1989.

El destartalado camión que nos transporta, a mi madre y a mí, llega a la bifurcación de Túmac.

Aparecen tres personas: una abuela, un viejo y un muchacho.

El viejo agita el poncho que lo cubre y detiene el carro. Conversa con el chofer.

El chofer trepa al viejo camión que nos traslada y habla. Dice que es mejor no seguir.

Los guardias -eran dos-, al escucharlo, conminan al cauteloso chofer. “Si tienes miedo dame la caña a mí”, se atreven a decir.

-No, a nadie le doy el carro- responde Doctorcito- Si así quieren, el que no debe no teme. Yo sigo.

No hubo más palabras. En la desolación de la noche emprendimos el tenso ascenso.

Mientras nos aproximamos, el ómnibus -que no pudimos abordar- al doblar la primera curva aparece resplandeciendo en la oscuridad. Sus luces, de variados colores, refulgen inmóviles, encendidas con trágica nitidez.

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Sábado 7 de enero.

Viaje a Andahuasi.

Pedro me regala varios litros de guarapo. (Guarapo es el jugo de caña de azúcar que sirve de muestra para probar su maduración y hacer luego el proceso derivado).

El campeonato que se inaugura aquel día lleva el nombre del gerente asesinado hace apenas unos meses, durante la incursión terrorista a la cooperativa.

Concurren la madre, la esposa y la hija del gerente como invitados.

Al verla caminar, la muchacha me parece más bella de lo que la muestran los periódicos.

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Lunes 8 de enero.

La reconozco apenas al verla llegar. Pues la conozco de cierta vez que coincidimos en alguna celebración en la que, me parece, no solo hablamos sino también bailamos. Esta vez, nos volvemos a ver en Barranca.

Su aparición decidió nuestra suerte: cedió su asiento a mi madre.

Viajamos hasta el cruce en un camión mixto repleto de gorgorinos y guardias.

Llegamos al atardecer, a la hora en que el día se despide poblada de sombras, al tramo donde se junta (y divide) la carretera: Pamplona.

Allí, junto al río y en la base de los cerros, los Quispe conducen una venta de comidas y hospedaje.

A la mujer la conocen: lleva mercaderías hacía Cajatambo.

Al vernos aparecer, los dueños de casa nos acogen en la habitación principal, que sirve de tienda y depósito a la vez. Allí, al lado de la mesa, entre costales apilados, reposa, además, un arpa.

Al final de la tarde un muchacho hace su aparición y da vida al arpa. Afina sus cuerdas y la emprende con un huayno. La mujer se acerca y se pone a cantar. Entonces también las muchachas del hospedaje vienen a alojarse en el canto de su voz.

Entonces bailamos. Bailamos y brindamos hasta la medianoche.

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Martes 9

9 a.m. Llega un hombre joven diciendo ser ganadero y estudiante.

11 a.m. El arpista vuelve a prenderse de las cuerdas y la mujer sigue cantando.

1 p.m. De regreso de Cajatambo el camión que distribuye bebidas gaseosas desembarca más extraños.

3.30 p.m. El ómnibus municipal pasa repleto sin detenerse por más señas que le hicimos para recogernos.

5 p.m. Un destartalado Dodge 300 conducido por un chofer al que llaman Doctorcito nos recoge, es decir, hace lo que no hizo el omnibus: nos transporta. La mujer, contra lo previsto, prefiere quedarse en compañía de los recién llegados.

8 p.m. Llegamos a Tumác y decidimos iniciar el ascenso del serpentín.

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Las luces del camión, al voltear una curva, que es a la vez un callejón, ilumina una ruma de piedras y ramas que nos cierran el paso. Enseguida ocurre algo que parece una historia de viñetas de periódicos: un cuerpo emponchado empuña un paquete de cartuchos de dinamita y grita.

Al escucharlo Doctorcito con todo apremio y convicción pisa el freno y para en seco para mentarles, con todas las ganas, la madre a los guardias que lo miran confundidos y aterrados.

Los guardias no atinan a reaccionar. Al verlos, más por incomodidad que por piedad, les digo: “¡Corran!, ¡corran por allí!”. Entonces comienzan a correr carretera abajo.

Generosa, más que nunca, a ese par de cojudos los salvó la noche. Se escabulleron en la oscuridad. Tuvieron tiempo.

Los vieron pero alcanzaron a huir.

No puedo no pensar. Pienso en mi madre.

- ¡Los hombres al suelo! ¡Al suelo!

Con una simpleza casi vulgar, en minutos que parecen horas, la punta de un fusil FAL roza mi cabeza y se detiene para también, a su manera, responder.

Hierba silvestre. Aroma puro. “¡Carajo, también aquí!” pienso. La desesperación de mi madre me hiere y me llena de ira.

Entonces levanto la cabeza decidido a decir lo único que debía y podía decir:

- Soy de Ambar y vengo por una cosecha de papas.

Las estrellas, la noche y el río rigen el curso inexorable del drama.

Doctorcito les confirma: Sí, subieron en el cruce de Pamplona. Era claro entonces que no era el ingeniero que debía señalar el FAL. El odiado empleado del gobierno que el verdugo habría de ajusticiar.

Por el contrario, mientras oscilaban un par de botas suspendidas de los cordones, con disimulo y con el mismo tono cordial del muchacho que conocí en el zaguán de mi casa en Lascamayo, el implacable ejecutor alcanzó a decirme:

- Te necesito. Te buscaré.

Menudo y robusto, un golpe fraternal en mi estomago acompaña sus palabras, antes de partir junto con su pelotón encaramado en el camión de Doctorcito.
Pronto desaparecieron: no en mi memoria. La curva quedó atrás.

Para ellos, no para nosotros. Pues allí pasaron la noche los sobrevivientes de un ómnibus en llamas junto a siete cuerpos en verdad, y en definitiva, pasajeros.

UN PUEBLO, UNA CANCIÓN


“Me voy para la misa. Voy a tocar”. Le pregunto que va a tocar. Sonríe y responde: “Cajatambina”. Que lo diga un músico cajatambino resulta natural, que lo diga un músico huachano algo todavía inesperado; pero que lo diga César Cuellar Reyes, un músico huachano considerado la primera guitarra criolla de Huacho, dice más.
Ocurre pues que “Cajatambina”, al igual que el “Adiós pueblo de Ayacucho” o el “Río Santa” en Ancash, es una composición regional emblemática que ha alcanzado una consagración que Perico, el muchacho que la compuso, jamás imaginó ni se propuso aquella tarde en que rodeado de guitarras y guitarristas (con la complicidad de Teodomiro Cuellar, Raúl Ruiz Conejo  y otros más) imploró al idioma unas cuantas palabras para sofocar el fuego de emoción que lo devoraba. Pues ella, Amalia (ó,
acaso Nelly) tan bella, tan próxima y tan lejana, no merecía menos que vivir en Cajatambo que en la memoria de un canto sin fin.
Los años pasaron y Perico se convirtió en el médico Pedro Reyes Barboza. No, en cambio, en el marido de la bella Amalia (o la bella Nelly) Ticerán. Sin embargo, en 1970, luego que un destructor terremoto en Ancash causó la mayor tragedia en el Perú, al siniestrarse el helicóptero en el que viajaba el grupo de ayuda del que formaba parte el médico que compuso “Cajatambina”, Perico paso a convertirse en un mártir solidario (recordado con el nombre de una calle y de un hospital en la ciudad de Barranca). Será por eso acaso que las letras de aquella sencilla canción que escribió guarda una magia entrañable que cautiva y la vez conmueve, siempre. Siempre.



COMENTARIO: DESDE MÉXICO

"Leí con mucha atención la muy amable nota aparecida sobre mi padre Pedro (Perico) Reyes y agradezco de todo corazón a quienes como el autor mantienen viva su memoria entre los Cajatambinos. Nosotros su familia siempre tenemos presente su ejemplo y guardamos celosamente su memoria.
Una precisión, en la foto que acompaña la nota aparece mi padre con mi madre (Teresa Mispireta) quien no es la musa de la canción famosa pero si su fue novia y amante esposa (cosas del destino). Mi madre, para mayores precisiones es huachana (igual que el suscrito) y la foto fue tomada en Huacho, cuando mi madre tenía 15 años, mi padre unos 24 (le llevaba 9), unos años después de inventarse la canción (aun cuando ello no puede evidentemente demostrarse) . 
Un abrazo a mis cuates Reyes,"

Luis Alberto Reyes Mispireta, hijo del autor de la canción más célebre de Cajatambo.




ÉRASE UNA VEZ

Cuentan que acumuló tierras y años más que ninguno. Cuentan que su fortuna se la debía al Diablo (que, no hay que olvidarlo, se trata del Dios perdedor). Cuentan, por eso mismo, que al morir el ataúd en el que fue enterrado era solo apariencia. Y por si fuera poco, para mayor certeza, cuentan que sus restos    –o lo que parecía contenerlo- fueron sepultados en una capilla en Mani, donde cada 30 de agosto, con ocasión de las festividades en tributo a Santa Rosa de Lima, sus descendientes lo recuerdan.
Cuentan, en fin, tantas cosas; pero yo solo quiero recordar una tarde de diciembre en que - acaso para tener también algo que contar- decidí dedicarle unas horas de mi desosegada existencia. Pues aunque me habían dicho que fue diputado por Cajatambo, era lo mismo que ignorarlo no poder precisar cuando ni por cuanto tiempo. Peor aun cuando todas las pesquisas que hice no hacían sino aumentar la incertidumbre. Fue así que en mi condición de usuario habitual de la biblioteca del Congreso -además de formar entonces parte de su rancio y exótico engranaje- sentí que era mi deber no concluir aquel año sin tener algo que mostrar y probar.
Para más comodidad, por tratarse de las vísperas de la Navidad; fui,

por fortuna, el único concurrente de esa tarde, sin duda para mí inolvidable, en que después de hurgar por horas entre viejos papeles que componían los tomos de los Diario de los Debates del siglo XIX pude leer, al fin, el nombre del diputado José del Carmen Reyes Gutiérrez en la relación de parlamentarios correspondiente al periodo legislativo 1870-1872. Pero no menos que el hallazgo me sorprendió la insólita certeza de constatar que aquel descubrimiento era algo más que un recurso de la memoria. Supe así entonces que el diputado Reyes había integrado la Comisión de Minería y que, en no pocas ocasiones, había coincidido en apoyar las mismas propuestas junto con el diputado tacneño Modesto Basadre.
Con apenas un puñado de papeles fotocopiados al cruzar aquella tarde solitaria el umbral del Palacio Legislativo tuve el certero alborozo de portar el más estupendo regalo de todos cuanto lucían a mi alrededor los fantasmales transeúntes que veía pasar. Ese regalo que busqué y encontré para llevarlo donde mi abuelo (que llevó el nombre de su abuelo) la noche de aquel año nuevo memorable en que a través de mis voz escuchó mi abuelo su nombre impreso en las páginas de la historia.

Veinte días exactos después, el 20 de enero de 2000, al comenzar un nuevo siglo, José del Carmen Reyes Ballardo, mi abuelo, murió.