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martes, 20 de octubre de 2009

HERENCIA Y CONTINUIDAD

Aunque su historia se remonta al confín de los tiempos; Cajatambo pertenece al puñado de pueblos que nacieron con la República. Pues antes, durante el legendario Tahuantinsuyo -con el nombre de Cashatampu- le había correspondido ser parte de la región imperial Chinchay Suyo; y en la época virreynal, formó parte de la intendencia de Tarma. Pero al expedirse el Reglamento Provisional de Huaura (12/2/1821), con el que se inicia la gestión administrativa y política del Gobierno Independiente dirigido por el Gral. San Martín, aparecen también los primeros cuatro departamentos del Perú: Trujillo, Tarma, La Costa y Huaylas. Surge así, entonces, el departamento de Huaylas conformado por los partidos -se llamarían provincias a partir de la Constitución de 1823- de Huaylas, Huamalies, Conchudos, Huánuco y Cajatambo.
Pero no por mucho tiempo; pues, aquel mismo congreso constituyente determina, a partir de 4 de noviembre en 1823, la fusión de Tarma con Huaylas que da origen al departamento de Huánuco; cuya extensión abarca -además de Huánuco- a Tarma, Cajatambo, Huaylas, Conchudos y Huamalíes. En 1825, finalizada la guerra, el departamento de Huánuco recibe -en tributo al épico triunfo en la pampa de Chacamarca- el nombre de Junín. Pero diez años después, en 1835, durante el breve -y trágico- gobierno de Felipe Santiago Salaverry el departamento de Junín es vuelto a dividir para dar paso al de Huaylas con la unión de las provincias de Huaylas, Cajatambo, Conchudos y Santa; mientras Junín, se reduce a Jauja, Pasco, Huánuco y Huamalies. Pero en poco tiempo, exactamente el 10 de octubre de 1836, Cajatambo es incorporado al departamento de Junín, por decreto firmado por el presidente de la Confederación Peruano Boliviana, general Andrés de Santa Cruz.
Derrotada la Confederación en 1839, con el propósito de perpetuar el nada glorioso nombre del lugar donde soldados   peruanos y chilenos derrotaron a soldados peruanos y bolivianos, Agustín Gamarra -el caudillo vencedor- decreta el reemplazo del nombre del departamento de Huaylas por el de Ancash. Asimismo, el 21 de noviembre de ese mismo año, en premio a su adhesión, Chiquián se convierte en capital de la provincia de Cajatambo (con el título de Villa Incontrastable).
Habrán de transcurrir diez años para que, por fin, se restabezca la sensatez: el 7 de septiembre de 1849, por ubicarse al centro del territorio provincial, y haber ostentado el rango, el gobierno del mariscal Castilla resuelva restituir a Cajatambo su condición primigenia de capital. Pero pronto, otra vez, el 31 de noviembre de 1851, por ley del congreso, Cajatambo retorna a la jurisdicción de Ancash. Para entonces, según una Guía de Forasteros de 1934, la provincia de Cajatambo se compone de los siguientes pueblos: Ambar, Chiquián, Churín, Mangas y Ocros; por su parte, la ley de creación de municipalidades de 1857 reconoce a los distritos de Cajatambo, Mangas, Pacllón, Copa, Chiquián, Aquía y Cajacay; y a su vez, la ley electoral de 1893, precisa los 19 distritos que forman parte de su vasto territorio provincial: Gorgor, Ambar, Caujul, Andajes, Oyón, Mangas, Pacllón, Chiquián, Aquía, Huasta, Cajacay, Huayllacayan, Tícllos, Ocros, Acos, Cochas, Huancapón , Cochamarca y Cajatambo.
Sin embargo, apenas una década más tarde, un 22 de octubre de 1903, comienza el proceso inverso de la historia política y jurisdiccional de la provincia de Cajatambo, al crearse -en homenaje al héroe de Arica- la provincia de Bolognesí. Así pasan a formar la nueva provincia: Chiquián, Aquía, Huasta, Pacllón, Tìcllos, Mangas, Acos, Ocros, Cochas, Huayllacayán y Cajacay; mientras Cajatambo queda limitada al ámbito conformado por Oyón (que en 1875 cambió de nombre en reemplazo al de Churín), Pachangara, Cochamarca, Ambar, Caujul, Andajes, Huancapón, Gorgor y Copa (que surge del reparto de Mangas al unir Huayllapa, Poquían y Copa).
Enseguida, a poco de concluir la primera década del siglo xx, el 11 de octubre de 1909, por ley No 1115, la capital provincial es elevada a la categoría de ciudad. Pero siete años después, el 10 de noviembre de 1916, por ley No 2335, se dispone, una vez más, la última mudanza de la provincia de Cajatambo. El escueto texto de la norma solo dice: “La Provincia de Cajatambo pertenecerá en lo administrativo, político y judicial al Departamento de Lima”. Es decir, nada dice de lo que -según el historiador Nelson Manrique- fue la causa verdadera de la separación: la necesidad de la familia Prado de contar con un diputado por Lima. En fin, cualesquiera hayan sido los motivos, pertenecer a la jurisdicción de la capital de la República no libró a Cajatambo de perder en 1935, por ley No 8003, al distrito de Ambar   -luego de la construcción de la carretera que vínculo Huacho con ese distrito- en beneficio de la provincia de Chancay.
Finalmente, una vez más, se consuma la última extirpación: a consecuencia de la construcción de la red de trochas carrozables y al afianzamiento de la actividad minera, en 1985, por ley No24330, surge -igual que Eva de las costillas de Adán- la provincia de Oyón, con la agrupación de seis distritos pertenecientes a la cuenca del río Churín: Pachangara, Naván, Caujul, Cochamarca, Andajes y Oyón.
Es esta pues la serena evocación de la historia de la provincia de Cajatambo. La longeva provincia, que nació junto con la República, y que a partir de 1985, quedó reducida al ámbito de cinco distritos (Cajatambo, Gorgor, Copa, Huancapón y Manás) para preservar desde entonces más que un espacio una herencia y un destino común; un legado imprescriptible y al mismo tiempo incuestionable; pues, de ninguna manera, decir que Cajatambo no sea ya una provincia grande quiere decir que haya perdido su grandeza.
Y es que la grandeza de los pueblos hay que buscarla no en la extensión de sus territorios sino en su historia y en su cultura (en esas cosas tan evanescentes y perdurables que guardan el sabor de sus comidas, la gracia de sus danzas y el encanto de sus ritmos; además de otras…cosas). De modo que, con certeza, el verdadero patrimonio de un pueblo hay que buscarlo en la mente y el corazón de su gente. Pero, sobre todo, en la convicción de sentirse hijos de una herencia auroral que ninguna cifra ni ninguna ley podrá modificar.
http://www.bibliojuridica.org/libros/5/2205/6.pdf
http://www.congreso.gob.pe/ntley/Imagenes/Leyes/01115.pdf

jueves, 1 de octubre de 2009

HISTORIAS DE CAMINOS


En 1984, con ocasión de las fiestas patronales, al cumplir los veintidos años, decidí volver a Cajatambo. Pero -a diferencia de cientos de mis paisanos- en lugar de comprar un pasaje decidí alistar mi caballo. Durante dos jornadas (entre doce y ocho horas) cabalgué hasta llegar. Venia desde Lascamayo, el fundo que nos legaron mis abuelos en el distrito de Ambar. Al atardecer del segundo día, poseído de una emoción tan intensa -solo comparable al furor melancólico del sol cuando depone su fulgor- me detuve a contemplar los techos de calamina y las estrechas callecitas del pueblo donde nací. Entonces comprendí que mi viaje, más que un regreso, era un homenaje al pasado. Un reencuentro con mis antepasados, al mismo tiempo que un inolvidable privilegio de la vista, en la vasta desolación de las alturas. (Pues siempre me acompaño la certeza de que aquel solitario peregrinaje que emprendí a los veinte años desde Ambar hasta Cajatambo era más que la reiteración de la ruta de extintos viajeros).
Veinticuatro años después, en el 2008, retorné sobre mis pasos
para recorrer aquel viejo camino de piedras legendarias y mi primera impresión fue de indudable  sorpresa y gratitud. Sorpresa por encontrar intacto el sendero guardado en mi memoria y gratitud por haber sido el muchacho a quien debo este recuerdo. Pues, aun con veinte kilos más (y demás) al cruzar las lagunas de Jurorcocha, y en especial, al ascender a la cima del Abra Huamán (que quiere decir: Morada de los Cóndores) y coronar la más hermosa vista del horizonte de montañas que forman la Cordillera Huayhuash, era evidente que había alcanzado la altura más elevada del camino, y al mismo tiempo, de mi nostalgia. Sin embargo, aun cuando en ningún momento me propuse no regresar, tampoco consideré necesario hacerlo.
En todo caso, me pareció suficiente recompensa saber que
aquel secreto y memorable viaje sería siempre uno de los aciertos más preciados de mi remota juventud. Pese a todo, me indujo el deber a volver. El deber de compartir lo que un día miré y admiré. De manera que cuando Oyvind Wesseltoft (un noruego que acostumbra con orgullo aclarar: “No soy gringo. Yo soy vikingo”) me comunicó su decisión de inaugurar una nueva ruta para Coex Amazón -la empresa de turismo vivencial: http://coexamazon.com/- que uniría Caral con Kotosh; es decir, dos regiones (Lima y Huanuco) y cuatro provincias (Huaura, Cajatambo, Lauricocha y Huanuco) a través de apartadas trochas carrozables y olvidados caminos de herradura, tuve la certidumbre absoluta de saber, al fin, que no era solo un audaz aventurero nórdico quien me llamaba sino el destino.
Pero a la luz de las estrellas -cuando todavía las estrellas
iluminaban el pueblo en donde nací- la misma noche de mi llegada al escuchar la primera canción en la calles de Cajatambo encontré la respuesta a mi regreso: "Que culpa tengo yo/ de ser cholo cajatambino./Todos dirán ya se fue;/ nadie me recordara/ pero yo he de volver/ a mi santa tierra”. Habituados a entonarla todos en el grupo bailaban y cantaban esa conocida y repetida canción. Solo yo, con la complicidad de las estrellas, era el único solitario peregrino que tenía sobrados motivos, por igual, para llorar al mismo tiempo que también para bailar.

EXPEDICIÓN CARAL-KOTOSH


Un viaje no se cuenta sino con imágenes. Más aun si se trata de una expedición. Una expedición motorizada y ecuestre, y también a pié, para cubrir la distancia existente entre la provincia de Huaura y la ciudad de Huanuco. Un recorrido que fue una necesidad por siglos y que ahora es un lujo. Un lujo de viajeros europeos (al menos por lo pronto). Todo eso y mucho más es -y seguirá siendo en adelante- cubrir la ruta que va de Caral hacia Kotosh.
Promovida por la empresa peruano-noruega Coex Amazon, entre el 17 de noviembre y el 1 de diciembre del 2008, se realizó la primera expedición que recorrió durante un par de semanas la ruta por donde
se expandió la civilización andina. Fue un recorrido que abarcó la Ciudad Sagrada de Caral hasta el Templo de las Manos Cruzadas. Pero, sobre todo, en el interregno, fue un encuentro y a la vez un descubrimiento de las muchas formas del pasado del que está hecho el presente y la historia; es decir, la vida.
Una pareja de esposos noruegos, Gudbrand y Kjersti, hicieron

posible este encuentro y este descubrimiento. Pues, fueron ellos quienes tomaron la decisión de regalarse así mismos uno de los viajes más memorables que cualquier peruano debiera emprender. Fue así como a través de Oyvind Wesseltoft, fundador de Coex Amazon -la única empresa que promueve las rutas del Perú en la península escandinava- luego de leer una crónica publicada en Oslo, solicitaron ser los forjadores de una ruta de estreno. Así, luego de meses en consultas y viajes de coordinación, quedó expedita la ruta que busca retomar los olvidados caminos de nuestros orígenes.
Para hacerlo realidad, siempre con la presencia constante de Oyvind,  se conformó tres equipos (para recorrer, en la practica, las tres regiones clásicas del territorio peruano). A mí me correspondió conducir la primera etapa, de Huacho hasta Cajatambo, entre los días 17 al 21 de noviembre. Por su parte, la segunda etapa; el recorrido de la Cordillera Huayhuash, estuvo a cargo de un grupo experimentado de guías y alpinistas de Cajatambo y de Ancash, entre el 23 al 30. Finalmente, la tercera
etapa, estuvo a cargo de Ethel Alvarado Fuentes Rivera, que condujo a los expedicionarios desde el distrito de Queropalca (Huanuco) hasta la morada de nuestros más remotos antecesores en ocupar el territorio peruano: las Cuevas de Lauricocha.
Enseguida, 
después de algunas horas, al caer la tarde, el grupo hizo su ingreso triunfal a la ciudad de Jesús, entre sorprendentes muestras de júbilo y aclamación por parte de los pobladores. Hasta concluir, el primer día de diciembre, con el ingreso de los expedicionarios noruegos y sus acompañantes, al Templo de las Manos Cruzadas; del mismo modo que lo hicieron, hace por lo menos cuatro mil años, los primeros expedicionarios venidos de los lejanos llanos litorales.