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jueves, 1 de octubre de 2009

AUSENCIAS Y REMINICENCIAS



Sentado en el atrio de la iglesia, inmóvil, cautivo y melancólico, Isidro llora. Llora sin lágrimas. En silencio, para sus adentros.
Lo saludo. Sobresaltado, me reconoce, y desde su recóndito pesar, me cuenta que en la mañana despidió a su hija y a sus nietos, y que otra vez solos, su mujer y él, enrumbaran, dentro de unas horas, quebrada abajo con destino a la casa donde criaron los hijos.
De pronto, su voz se quiebra, y ahora sí, llora de verdad. Un secreto caudal inunda la cuenca de sus ojos, y desciende por sus mejillas. Conmovido, estrecho su mano y me despido: pues tengo la certeza que sus lágrimas se harán palabras en las mías. 

Cada año, la última semana del mes de julio, la población de Cajatambo (345 Km. al noreste de Lima) se duplica. Cientos de personas se trasladan a diario vía la Panamericana Norte hasta Pativilca (204km) para iniciar el progresivo ascenso que los llevará hasta los tres mil metros en que se asienta esta antigua provincia limeña. En el trayecto se halla la Central Hidroeléctrica de Cahua, y más allá -a poco menos de una hora- el primer impacto sobrecogedor de la ruta: un par de imponentes paredes verticales de roca. El Cañon de Waguaypunquio,ó,simplemente, Cañon. Por donde, oculta en la pétrea sombra de los abismos, entre dos cerros que casi se tocan; sinuosa y ondulante, discurre la carretera que, desde 1966, hace posible el incesante ir y venir de generaciones.
Otro tramo ineludible del recorrido lo conforma el cruce de Tumac, donde al mismo tiempo que la carretera se bifurca hacia otros pueblos, sube, zigzagueante, desde el fondo de la quebrada hasta casi coronar la cima de los cerros para enfilar, vencida la última curva (no sin antes detenerse ante un cálido ojo de agua convertido en baños termales y abastecerse de frutas en el poblado de Llocchi) directo hasta Cajatambo. Entonces es cuando acontece la sensación más memorable del viaje que emerge de la presencia de una alta y solitaria montaña de nieve que se yergue majestuosa. Y es que la visión del Huacshash resulta siempre inolvidable, en cualquier circunstancia, aunque se la mire muy de paso. Pero ni que decir, si la luz dorada del atardecer o el platinado fulgor de la luna acuden a la cita.
Cada año -entre el 24 de julio al 2 de agosto- los íntimos apegos de la sangre hacia el suelo ancestral dan curso a esta constante peregrinación jubilosa que colma calles y casas (la mayor parte del año desoladas y silenciosas) en las que personas que no se verán el resto del año, y hasta acaso nunca más, fraternizan con denuedo. Pero la emoción que realmente estremece y transporte acontece, con la más sutil naturalidad, cuando el canto quechua de las pallas se adueña de las tardes y de los pies de los visitantes. Basta apenas portar una botella inspiradora con que brindar para saberlo y descubrir en un instante la embriaguez palpitante de los tiempos.
Durante once días, en que se prolongan las celebraciones, se desarrollan, paralelas, dos vertientes festivas. Por un lado, están las comunidades campesinas con sus coreografías de incas y pallas, y por el otro, el lado hispanoandino que, al compás de las bandas de viento, tienen como protagonistas principales al Capitán de la Tarde, oferentes de las corridas de toros de los días 30 y 31 del mes patrio. Hasta que el 2 de agosto María de Magdala en Cajatambo sale a la puerta de su templo, rodeada de sus incas y pallas, para despedir a su fieles hijos que, en los próximos días, emprenderán camino hacia sus parcelas o estancias, o rumbo hacia las ciudades de donde llegaron.
A un promedio de ocho horas de ocho horas de viaje, Cajatambo ofrece la oportunidad de disfrutar de algunos días de sol radiante y cielo azul, amenizados con paseos a caballo por las ruinas de Tambomarca, y visitas a los baños termales de Macanacota, Shucsha o Guñoj, además de proveerse de algunas imperdibles pociones de manjarblanco o quesos de estupenda calidad. Pues, no por algo, se trata de la provincia ganadera de la Región Lima.
Cómodos y confortables alojamientos esperan a los visitantes. Para quienes viajan con movilidad propia, es recomendable tomar de regreso la vía auxiliar que conduce al balneario de Churin. Esta carretera, perfectamente transitable, cruza un impresionante paisaje de cumbres, lagunas y planicies.
En estos tiempos de expansión del movimiento turístico, esta provincia ofrece el atractivo de descubrir un nuevo espacio de recreación y conocimiento, en el que a la par de los servicios de comunicación, esperan al visitante un viento, un tiempo y una quietud inolvidables.

CHARCO DE ESTRELLAS



A Keyla y Pedro

Las estrellas, la noche y el río.

Ocho de la noche.

Martes, 10 de enero de 1989.

El destartalado camión que nos transporta, a mi madre y a mí, llega a la bifurcación de Túmac.

Aparecen tres personas: una abuela, un viejo y un muchacho.

El viejo agita el poncho que lo cubre y detiene el carro. Conversa con el chofer.

El chofer trepa al viejo camión que nos traslada y habla. Dice que es mejor no seguir.

Los guardias -eran dos-, al escucharlo, conminan al cauteloso chofer. “Si tienes miedo dame la caña a mí”, se atreven a decir.

-No, a nadie le doy el carro- responde Doctorcito- Si así quieren, el que no debe no teme. Yo sigo.

No hubo más palabras. En la desolación de la noche emprendimos el tenso ascenso.

Mientras nos aproximamos, el ómnibus -que no pudimos abordar- al doblar la primera curva aparece resplandeciendo en la oscuridad. Sus luces, de variados colores, refulgen inmóviles, encendidas con trágica nitidez.

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Sábado 7 de enero.

Viaje a Andahuasi.

Pedro me regala varios litros de guarapo. (Guarapo es el jugo de caña de azúcar que sirve de muestra para probar su maduración y hacer luego el proceso derivado).

El campeonato que se inaugura aquel día lleva el nombre del gerente asesinado hace apenas unos meses, durante la incursión terrorista a la cooperativa.

Concurren la madre, la esposa y la hija del gerente como invitados.

Al verla caminar, la muchacha me parece más bella de lo que la muestran los periódicos.

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Lunes 8 de enero.

La reconozco apenas al verla llegar. Pues la conozco de cierta vez que coincidimos en alguna celebración en la que, me parece, no solo hablamos sino también bailamos. Esta vez, nos volvemos a ver en Barranca.

Su aparición decidió nuestra suerte: cedió su asiento a mi madre.

Viajamos hasta el cruce en un camión mixto repleto de gorgorinos y guardias.

Llegamos al atardecer, a la hora en que el día se despide poblada de sombras, al tramo donde se junta (y divide) la carretera: Pamplona.

Allí, junto al río y en la base de los cerros, los Quispe conducen una venta de comidas y hospedaje.

A la mujer la conocen: lleva mercaderías hacía Cajatambo.

Al vernos aparecer, los dueños de casa nos acogen en la habitación principal, que sirve de tienda y depósito a la vez. Allí, al lado de la mesa, entre costales apilados, reposa, además, un arpa.

Al final de la tarde un muchacho hace su aparición y da vida al arpa. Afina sus cuerdas y la emprende con un huayno. La mujer se acerca y se pone a cantar. Entonces también las muchachas del hospedaje vienen a alojarse en el canto de su voz.

Entonces bailamos. Bailamos y brindamos hasta la medianoche.

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Martes 9

9 a.m. Llega un hombre joven diciendo ser ganadero y estudiante.

11 a.m. El arpista vuelve a prenderse de las cuerdas y la mujer sigue cantando.

1 p.m. De regreso de Cajatambo el camión que distribuye bebidas gaseosas desembarca más extraños.

3.30 p.m. El ómnibus municipal pasa repleto sin detenerse por más señas que le hicimos para recogernos.

5 p.m. Un destartalado Dodge 300 conducido por un chofer al que llaman Doctorcito nos recoge, es decir, hace lo que no hizo el omnibus: nos transporta. La mujer, contra lo previsto, prefiere quedarse en compañía de los recién llegados.

8 p.m. Llegamos a Tumác y decidimos iniciar el ascenso del serpentín.

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Las luces del camión, al voltear una curva, que es a la vez un callejón, ilumina una ruma de piedras y ramas que nos cierran el paso. Enseguida ocurre algo que parece una historia de viñetas de periódicos: un cuerpo emponchado empuña un paquete de cartuchos de dinamita y grita.

Al escucharlo Doctorcito con todo apremio y convicción pisa el freno y para en seco para mentarles, con todas las ganas, la madre a los guardias que lo miran confundidos y aterrados.

Los guardias no atinan a reaccionar. Al verlos, más por incomodidad que por piedad, les digo: “¡Corran!, ¡corran por allí!”. Entonces comienzan a correr carretera abajo.

Generosa, más que nunca, a ese par de cojudos los salvó la noche. Se escabulleron en la oscuridad. Tuvieron tiempo.

Los vieron pero alcanzaron a huir.

No puedo no pensar. Pienso en mi madre.

- ¡Los hombres al suelo! ¡Al suelo!

Con una simpleza casi vulgar, en minutos que parecen horas, la punta de un fusil FAL roza mi cabeza y se detiene para también, a su manera, responder.

Hierba silvestre. Aroma puro. “¡Carajo, también aquí!” pienso. La desesperación de mi madre me hiere y me llena de ira.

Entonces levanto la cabeza decidido a decir lo único que debía y podía decir:

- Soy de Ambar y vengo por una cosecha de papas.

Las estrellas, la noche y el río rigen el curso inexorable del drama.

Doctorcito les confirma: Sí, subieron en el cruce de Pamplona. Era claro entonces que no era el ingeniero que debía señalar el FAL. El odiado empleado del gobierno que el verdugo habría de ajusticiar.

Por el contrario, mientras oscilaban un par de botas suspendidas de los cordones, con disimulo y con el mismo tono cordial del muchacho que conocí en el zaguán de mi casa en Lascamayo, el implacable ejecutor alcanzó a decirme:

- Te necesito. Te buscaré.

Menudo y robusto, un golpe fraternal en mi estomago acompaña sus palabras, antes de partir junto con su pelotón encaramado en el camión de Doctorcito.
Pronto desaparecieron: no en mi memoria. La curva quedó atrás.

Para ellos, no para nosotros. Pues allí pasaron la noche los sobrevivientes de un ómnibus en llamas junto a siete cuerpos en verdad, y en definitiva, pasajeros.